En otro post de otro blog hablaba de Alfred Whitehead y los peligros para la educación en anteponer la etiqueta a la experiencia. Y en otro - hace mucho – de la noción de Tomás Szazs de la nueva ley de la selva “definir o ser definido”. En otro todavía de que el hecho de tener un nombre, una etiqueta, no quiere decir que algo exista. Esto post va en un sentido similar.
En cierto sentido el periodismo de difusión es un ejercicio de definir en masa. Es decir que, más allá del aspecto de “marketing” y de ganar dinero, hay un aspecto para mi más preocupante en el efecto debilitante que puede tener. El poder del lenguaje es tremendo. Nombrar algo permite manejarlo como idea, hacerlo público, debatir sobre ello, discutir si es bueno, significativo, útil o un mal que debería ser borrado de la faz de la tierra. Y, por supuesto, cuanto más se discute sobre algo más se presupone su existencia. Hoy otro ejemplo.
Ya sé que es algo polémico. Sé que levantará algunas ampollas. Y que conste que no tengo nada en contra del trabajo de Mayer, Salovey y sus colegas – todo lo contrario. Pero creo que la noción de “Inteligencia Emocional” crea más problemas que otra cosa.
Confieso que no me gusta la noción de “inteligencia” sea múltiple o singular normal, musical, matemática o emocional. En su expresión originaria vi más ejemplos de abuso y etiquetado de los que tenían menos por parte de los que tenían más que aplicaciones útiles.
El periodismo de difusión (de, por ejemplo, Goleman) es algo que hay que aceptar de forma realista. Pero, creo, no tomarlo demasiado en serio. Mayer y otros llaman al trabajo de Goleman “pop psychology” (psicología “pop”) y probablemente tienen razón. Personalmente lo encuentro carente de contenido interesante pero lleno de anécdotas plausibles. Ahí reside su interés como periodismo y su problemática si se toma demasiado en serio.
Recientemente, tuve tratos con una persona que experimentaba considerables dificultades relacionándose con los demás. Su pensamiento tendía hacia lo dogmático en muchas áreas y, aunque tenía muy buenas intenciones, acababa peleado con muchos – y muchas – de sus amigos. Luego se enfadaba consigo mismo por haberse enfadado. Quería cambiar. Y estaba planificando hacerlo.
Tenía su situación resumida como que “necesitaba más inteligencia emocional”. Y su plan era “tener más intelgiencia emocional”. Y una vez colocada esa etiqueta no había forma de ir más allá. Cual Farmaéutico de L'Ampordà, iba en búsqueda no del nada absoluto sino de absolutamente nada.
Es una pena. Él sabía que lo que le dificultaba la vida tenía que ver con como se enfadaba pero en absoluto veía que formaba parte fundamental de la estructura del problema la sensación de inseguridad que acompañaba no saber como proceder en ciertas situaciones y el alivio rápido pero muy temporal que acompañaba su diagnóstico de “falta de inteligencia emocional” - ese ciclo de “inseguridad → alivio rápido”, ciclo de “apaño” donde los haya. Practicaba y reforzaba su intento de hacer que el mundo (y amigos y sus novias) hicieran, pensaran y sintieran lo que él sabía que tenían que hacer, pensar y sentir. Y luego se enfadaba consigo mismo por no haber tenido la inteligencia emocional sufciente com para no haberse enfadado.
Me explico. Para él, “inteligencia emocional” era una etiqueta que marcaba, por así decirlo, una caja sin nada dentro. Imagínese un baúl que lleva encima la etiqueta “lo que tú necesitas” o, peor, “aquí dentro está lo que necesitas si encuentras a alguien que te lo explique porque tu solo....”. E imagínese que dentro del baúl no hay nada – está vacío. Esta metáfora ofrece una manera de entender algo de la experiencia de esta persona. Por una parte la presencia de un baúl (es decir la sensación de que “algo hay”), por otra la presencia de una etiqueta seductora o imponente y, por otra, nada con que esa etiqueta realmente conectara.
Ahora bien, lo especialmente endiablado de la situación es que la persona en cuestión se empeñaba en seguir buscando en el baúl. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque el sabía – estaba convencido - que había algo en el baúl y, tristemente, no tenía forma real de comprobar si había algo o no.
Muchas personas se encuentran triste y horriblemente en una situación muy similar. Atrapadas por lo seductor o lo “verosímil” de una etiqueta (o un “diagnóstico” ya que estamos), intentan planificar cambios en base a ello. Pero es muy difícil que consigan hacer estos cambios porque no conectan con nada real en la propia experiencia de esta personas. Son generalidades confeccionadas a partir de la estadística de mediciones más o menos certeras pero mal correlacionados, expresadas a través de anécdotas y en todo caso irrelevantes al detalle real de la experiencia individual.
